
¿Comían diferente los monjes y los laicos medievales? Lo que cuentan sus huesos
¿Podemos saber qué comía una persona hace cientos de años analizando sus huesos?¿Podemos detectar diferencias sociales a partir de las enfermedades que sufrió? La respuesta es sí, y la bioarqueología está demostrando que la combinación de diferentes indicadores puede ofrecernos una imagen cada vez más completa de la vida de las poblaciones del pasado.
Un estudio publicado en 2026 en Bioarchaeology International ha analizado 196 individuos procedentes del cementerio medieval del monasterio de San Pedro, en Osor (Croacia), para estudiar cómo variaban la alimentación, el estrés fisiológico y la mortalidad dentro de una misma comunidad entre aproximadamente los siglos X y XVI. Los resultados muestran que las diferencias sociales podían quedar registradas en los huesos.
El yacimiento estudiado se encuentra en Osor, en la isla croata de Cres, y corresponde al cementerio del monasterio de San Pedro. Los enterramientos abarcan un periodo aproximado entre los siglos X y XVI, lo que permite estudiar una comunidad medieval durante varios siglos.
Pero el objetivo del estudio no era simplemente conocer cómo vivían los habitantes de Osor. Los investigadores querían responder a una cuestión más compleja: ¿Existían diferencias dentro de la propia población en función de la posición social o del lugar de enterramiento?
Para responderla analizaron individuos procedentes de diferentes sectores funerarios, incluyendo población laica y monástica.
196 esqueletos y varias líneas de evidencia
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que no se basa en un único indicador. Los investigadores combinaron tres grandes tipos de información: isótopos estables de carbono y nitrógeno (δ¹³C y δ¹⁵N) para estudiar la alimentación, lesiones óseas inespecíficas relacionadas con estrés fisiológico y edad al fallecimiento para analizar diferencias en los patrones de mortalidad.
Posteriormente utilizaron modelos estadísticos multivariables para analizar conjuntamente estas variables. Esto es importante porque una población humana no puede entenderse a partir de una única evidencia. La dieta, las enfermedades, el estrés y la mortalidad están relacionados entre sí y pueden estar condicionados por factores sociales, económicos y ambientales.
¿Qué nos dicen los isótopos sobre la alimentación?
Los isótopos estables son una de las herramientas más utilizadas actualmente en bioarqueología para reconstruir aspectos de la alimentación. Los valores de δ¹³C y δ¹⁵N presentes en los tejidos humanos pueden conservar información relacionada con los recursos consumidos durante la vida.
El nitrógeno, por ejemplo, puede ayudar a estudiar la posición de una persona dentro de la cadena trófica y detectar diferencias en el consumo de proteínas. El carbono puede aportar información sobre determinados recursos vegetales y sobre el consumo de recursos marinos en determinados contextos.
En Osor, estos análisis permitieron identificar diferencias significativas entre los distintos grupos enterrados en el cementerio.
Los monjes no tenían exactamente la misma dieta
Uno de los resultados más llamativos fue la diferencia entre la población monástica y la población laica.mLos individuos asociados al sector monástico presentaron valores de δ¹⁵N más bajos y de δ¹³C más altos que los individuos laicos. Esto indica que su dieta era diferente.
El estudio demuestra, por tanto, que pertenecer a una determinada comunidad o grupo social podía estar relacionado con el acceso a diferentes recursos alimentarios. Pero hay que tener cuidado con una interpretación demasiado sencilla. Los isótopos no nos permiten decir directamente que una persona "comió pescado" o "comió carne" en una comida concreta. Lo que permiten es reconstruir patrones generales de alimentación a partir de las señales isotópicas conservadas en sus tejidos.
Las élites tenían una dieta diferente
El estudio también identificó diferencias en el grupo considerado de élite. Estos individuos presentaban evidencias compatibles con una dieta más rica en proteínas y con un mayor consumo de recursos marinos que la población laica general y que los individuos monásticos.
Este resultado resulta especialmente interesante porque muestra cómo la alimentación puede convertirse en un indicador de desigualdad social. El acceso a determinados alimentos no estaba necesariamente distribuido de manera uniforme. La posición que ocupaba una persona dentro de la sociedad podía influir en qué recursos tenía disponibles.

Pero comer mejor no significaba necesariamente vivir más
Aquí aparece uno de los resultados más interesantes del estudio. Podríamos esperar que una dieta aparentemente más rica en proteínas se tradujera automáticamente en una menor mortalidad. Sin embargo, los individuos identificados como élites presentaron un mayor riesgo de mortalidad y mayores niveles de fragilidad, a pesar de mostrar una dieta más rica en proteínas y recursos marinos.
Esto demuestra por qué es importante no interpretar los indicadores bioarqueológicos de forma aislada. Una dieta más rica no significa necesariamente una mejor salud general. Otros factores —como las condiciones de vida, las enfermedades, el acceso a cuidados, la actividad física o las diferencias sociales— también pueden influir profundamente en la supervivencia.
Los huesos también registran el estrés
Los investigadores analizaron además lesiones óseas inespecíficas asociadas a situaciones de estrés fisiológico. Estas alteraciones no permiten identificar una enfermedad concreta. Su importancia está en que pueden funcionar como indicadores generales de episodios de estrés durante la vida.
Cuando una población presenta una frecuencia elevada de determinadas lesiones, los investigadores pueden plantearse si existieron factores ambientales, nutricionales, infecciosos o sociales que afectaron a sus miembros.
En Osor, los individuos monásticos presentaron una mayor prevalencia de lesiones inespecíficas, además de lesiones más numerosas y de mayor tamaño.
El estudio también encontró una relación entre la presencia de lesiones inespecíficas y una mayor edad al fallecimiento. Es decir, estas alteraciones eran más frecuentes entre individuos de mayor edad. Sin embargo, los individuos monásticos no presentaron un menor riesgo de mortalidad pese a las diferencias observadas en su dieta y en sus lesiones.
Esto vuelve a poner de manifiesto la complejidad de reconstruir la salud de una población a partir de los esqueletos. Un indicador de estrés no puede traducirse automáticamente en "mala salud" o "muerte prematura". El contexto es fundamental.
El lugar de enterramiento también importa
Otro aspecto interesante del estudio es que los investigadores no dividieron simplemente a la población entre "monjes" y "laicos". También analizaron diferentes sectores de enterramiento dentro del grupo laico. Y encontraron diferencias.
Los individuos del sector funerario 6, por ejemplo, presentaron valores isotópicos más bajos de δ¹⁵N y δ¹³C, una edad media al fallecimiento mayor y menores tasas de mortalidad. Los autores interpretan estos resultados como compatibles con una alimentación basada en proteínas de origen más terrestre y con menores niveles de mortalidad.
Esto demuestra que incluso dentro de una misma categoría social podían existir diferencias importantes.
La bioarqueología permite estudiar la desigualdad
Uno de los grandes potenciales de este tipo de investigaciones es que permite estudiar la desigualdad social desde una perspectiva diferente. Las fuentes históricas pueden hablarnos de jerarquías, instituciones o grupos sociales. Pero los esqueletos pueden mostrarnos cómo esas diferencias afectaron realmente a las personas.
Una diferencia social puede reflejarse en: el acceso a determinados alimentos, las condiciones de actividad física, la exposición a enfermedades, los niveles de estrés, las lesiones o las probabilidades de supervivencia.
Por eso, la bioarqueología permite acercarse a la experiencia cotidiana de individuos que normalmente permanecen invisibles en las fuentes escritas.
Lo que los huesos todavía pueden contarnos
Un esqueleto no conserva únicamente información sobre la edad o el sexo de una persona. Con las técnicas adecuadas puede convertirse en una fuente de información sobre su alimentación, sus experiencias de estrés y algunos aspectos de sus condiciones de vida.
En Osor, la combinación de isótopos estables, análisis osteológico y estadística multivariable ha permitido reconstruir diferencias dentro de una comunidad medieval que, de otro modo, serían mucho más difíciles de detectar.
El resultado es una imagen más compleja de la sociedad medieval: una población formada por individuos que no tenían necesariamente el mismo acceso a los recursos ni las mismas experiencias de salud. Y esa es precisamente una de las grandes aportaciones de la bioarqueología: los huesos permiten estudiar no solo cómo vivían las sociedades del pasado, sino también cómo las desigualdades sociales podían quedar literalmente registradas en el cuerpo.
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