
¿Puede un esqueleto de hace miles de años conservar las huellas de una infección respiratoria?
¿Puede una enfermedad que afectó a un niño hace unos 5.000 años dejar alguna huella en sus huesos? La respuesta es, en algunos casos, sí.
Un estudio publicado en International Journal of Paleopathology ha analizado los restos de 48 individuos no adultos procedentes de Camino del Molino, un importante contexto funerario del Calcolítico situado en el sureste de la península ibérica.
Los resultados muestran una elevada frecuencia de alteraciones óseas compatibles con procesos de estrés y enfermedad, entre ellas diferentes lesiones que podrían estar relacionadas con infecciones respiratorias. Pero el estudio también pone de manifiesto una cuestión fundamental en paleopatología: una lesión ósea no equivale automáticamente a un diagnóstico concreto.
¿Qué encontraron los investigadores?
De los 48 individuos estudiados, 43 presentaban lesiones óseas porosas, mientras que en 33 se identificaron alteraciones relacionadas con procesos infecciosos respiratorios. Además, ambos tipos de lesiones aparecían conjuntamente en 32 individuos.
La asociación entre estas alteraciones fue especialmente significativa. Los individuos que presentaban lesiones óseas porosas tenían una probabilidad mucho mayor de mostrar también cambios relacionados con procesos respiratorios. Este patrón es el que permite a los investigadores plantear que las infecciones pudieron desempeñar un papel importante en la salud de esta población infantil.
¿Qué son las lesiones óseas porosas?
Las lesiones porosas pueden aparecer en diferentes partes del esqueleto y tradicionalmente se han relacionado con problemas como la anemia o determinadas situaciones de estrés fisiológico.
Sin embargo, hoy sabemos que no son específicas de una única enfermedad. Por eso, los investigadores no interpretan una lesión aislada, sino el conjunto de alteraciones presentes en cada individuo y su frecuencia dentro de la población.
En Camino del Molino se documentaron también modificaciones en el cráneo, la columna y la pelvis que pueden estar relacionadas con procesos inflamatorios o infecciosos. La combinación de estas evidencias es lo que permite plantear una posible relación con enfermedades respiratorias.
¿Era tuberculosis?
Esta es una de las preguntas más interesantes, pero también una de las que requiere mayor cautela. La tuberculosis puede producir alteraciones en el esqueleto y constituye una de las posibles explicaciones para algunos de los patrones observados. Sin embargo, el estudio no demuestra que estos individuos tuvieran tuberculosis.
Las lesiones descritas son en buena medida inespecíficas y pueden tener diferentes causas. Para identificar directamente el agente responsable serían necesarios análisis biomoleculares, por ejemplo mediante la búsqueda de ADN antiguo de patógenos.
Por tanto, lo que podemos decir actualmente es que el patrón observado es compatible con procesos infecciosos respiratorios, pero no permite establecer un diagnóstico microbiológico definitivo.
¿Por qué es importante estudiar a los niños?
La infancia es una etapa especialmente interesante para la bioarqueología. El crecimiento y desarrollo pueden verse afectados por enfermedades, déficits nutricionales y diferentes situaciones de estrés. Además, algunas etapas de la infancia presentan una mayor vulnerabilidad frente a determinados procesos infecciosos.
En el conjunto estudiado, las alteraciones aparecen en diferentes edades, con especial presencia en lactantes y adolescentes tempranos. Esto permite plantear nuevas preguntas sobre cómo las enfermedades afectaban a los individuos durante las diferentes etapas del crecimiento.
La elevada frecuencia de estas alteraciones también plantea preguntas sobre las condiciones ambientales y sociales de la comunidad. Las infecciones respiratorias pueden verse favorecidas por diferentes factores, como el contacto estrecho entre individuos, las condiciones de habitabilidad, la exposición al humo o la circulación de agentes infecciosos. No podemos saber a partir de los huesos cuál de estos factores fue responsable de las lesiones. Pero sí podemos detectar que la enfermedad dejó una huella suficientemente importante como para ser reconocible miles de años después.
Los huesos no son una historia clínica
Este estudio es también un buen ejemplo de los límites de la paleopatología. No todas las enfermedades dejan marcas en los huesos y, cuando aparecen lesiones, no siempre es posible identificar su causa exacta.
Por eso, los investigadores combinan: osteología + paleopatología + contexto arqueológico + estadística + análisis biomoleculares. Cada línea de evidencia aporta una pieza diferente del problema.
En el futuro, los análisis de ADN antiguo podrían ayudar a comprobar si algunos de los individuos de Camino del Molino estuvieron realmente afectados por patógenos concretos.
Una enfermedad que sobrevivió 5.000 años
Hace unos 5.000 años, los habitantes de Camino del Molino no tenían antibióticos ni conocían la existencia de los microorganismos que causaban muchas enfermedades. Sin embargo, sus cuerpos respondían a ellas. Y algunas de esas respuestas quedaron registradas en sus huesos.
El estudio de estos 48 individuos nos permite acercarnos a una parte de la vida cotidiana que rara vez aparece en el registro arqueológico: la enfermedad durante la infancia. No podemos saber exactamente qué infección sufrió cada individuo. Pero sus esqueletos conservan algo extraordinario: huellas de los procesos que pudieron afectar a su salud hace miles de años.
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